La noche (no) mágica

Hoy es la noche de San Juan y estoy triste.
Veo a mi alrededor una muchedumbre feliz, rodeada de sus seres queridos, preparar mochilas, toallas y toneladas de comida, buscando aparcamiento de manera un poco agobiada entre risas a las 19:00 hrs de la tarde, todavia con las luces del Sol bien altas hay quien ya coge su sitio en la playa y abre una cerveza de manera estrepitosa. Escenas cotidianas de familias que disfrutan de un dia en la playa, siendo 3, 5, o 10 personas.
Y me siento triste porque estoy delante del ordenador, viendo todo esto, teniendo la certeza de que tengo una familia y que todos nos sentimos solos entre nosotros. No somos una piña, no tenemos ese sentimiento de estar el uno para el otro, ni para lo bueno ni para lo malo. Recapitulo la cantidad de años que han pasado desde una última barbacoa y me doy cuenta de que tuvo que ser con el motivo de una despedida. 4 años desde entonces. Es realmente triste. Es más triste aún saber que aún haciendo mi mayor esfuerzo para reunirles a todos,  la sensación de vacío y de conversaciones con sonrisas falsas me acabarían haciendo más mal que bien, por lo que no pretenderé solucionar algo que está arrancado de raiz.


Dicen que es de esas noches en las que hay que sacar todo lo malo, pero viéndolo con perspectiva, por la parte que a mi familia respecta, no hay nada realmente malo, lo que hay es ausencia de algo bueno.


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